En la punta norte de la isla, Alcúdia combina un casco antiguo medieval amurallado con la ciudad romana de Pol·lèntia a sus puertas: capas de historia que se recorren en una tarde. A pocos kilómetros, Port d'Alcúdia es un puerto de resort frente a una de las bahías de arena más largas de Mallorca.
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Alcúdia es dos ciudades en una. La primera es medieval: un casco antiguo de calles de piedra dorada rodeado por murallas levantadas a finales del siglo XIII para defender el pueblo de los ataques piratas, cuyos tramos aún se pueden recorrer a pie. La segunda es romana: justo fuera de las murallas se extiende Pol·lèntia, la ciudad que el cónsul Quinto Cecilio Metelo fundó en el 123 a.C. y que durante seis siglos fue la más importante de las Baleares. A un paseo, su teatro romano del siglo I —el más pequeño que se conserva en España— todavía acoge espectáculos.
El plan clásico es perderse por el casco antiguo y sus murallas, visitar el yacimiento de Pol·lèntia con su museo monográfico y, dos veces por semana, recorrer el mercado que llena el centro histórico. Pero Alcúdia da para más: el Museu Sa Bassa Blanca, una casa-museo de arte a las afueras; la subida a la Ermita de la Victòria, sobre la península de la Victòria, con vistas a la bahía; y, ya en la costa, el Port d'Alcúdia, con su larguísima playa de arena dorada, su paseo y los cruceros que salen a recorrer la bahía y sus cuevas.
En la mesa manda la cocina mallorquina de siempre: el tumbet (berenjena, patata y pimiento fritos en salsa de tomate) o el frito mallorquín. La gran cita del año son les Festes de Sant Jaume, el patrón, alrededor del 25 de julio, con una semana larga de actos; en el puerto, Sant Pere reúne a la flota pesquera en una procesión de barcas. Para llegar sin coche, el bus A32 del TIB une el aeropuerto con Alcúdia en aproximadamente una hora. Y apunta los días de mercado —martes y domingo por la mañana, en el casco antiguo—; el centro y el puerto se recorren a pie, pero en verano los parkings de playa se llenan pronto, así que llega temprano.