Encajado en un valle de naranjos y limoneros entre la Tramuntana y el mar, Sóller es el "valle de oro". Su gran seña de identidad: el tren de madera de 1912 que baja desde Palma y el tranvía histórico que sigue hasta el puerto.
Toca un punto para ver el detalle
Sóller creció con el oro líquido de sus naranjas y limones, y ese comercio pagó lo que hoy es su mayor atractivo: el ferrocarril de madera que, desde 1912, une Palma con el pueblo cruzando trece túneles y viaductos entre montañas. En el pueblo, el tren enlaza con un tranvía histórico de latón y madera que continúa entre los huertos hasta el Port de Sóller. Es, con diferencia, la forma más bonita de llegar.
El corazón del pueblo es la Plaça de la Constitució, presidida por la iglesia neogótica de Sant Bartomeu (del siglo XVI, con la fachada de 1904 firmada por Joan Rubió, discípulo de Gaudí). A un paso, Can Prunera es una mansión modernista convertida en museo, con obra de Picasso, Miró y Kandinsky y la decoración original de principios del siglo XX intacta; en verano se puede visitar de noche con cata de vino incluida. Y los sábados por la mañana, el mercado semanal llena la plaza de producto local: aceite, quesos, verdura del valle y las famosas naranjas de Sóller.
En la mesa, apunta dos clásicos: las gambes de Sóller —las gambas rojas del puerto, mejor a la plancha— y un zumo de naranja recién exprimido o un helado artesano de Gelat Sóller, elaborado con fruta del valle. Si vienes en mayo, coincidirás con Es Firó, la batalla de moros y cristianos que recrea el desembarco pirata de 1561; en agosto, las Festes de Sant Bartomeu llenan la plaça. Un consejo: llega por el tren histórico (estación en el Carrer d'Eusebi Estada de Palma, junto a Plaça d'Espanya), compra el billete combinado tren+tranvía y ve con margen, porque en verano hay colas y el pueblo se llena; mayo y septiembre son los mejores meses.